Se trata de una película estrenada en el año 1971, basada en un libro anterior, del año 1962. Por eso la primera pregunta que surge para mí es la relativa a la vigencia de esta película, punto primero de discusión. Elección en la que además existe el a priori, sobre lo cual tendremos que pensar, de que se trata de un film que permite o no pensar cuestiones relativas a las impulsiones.
1- La película dentro de la película
Comienzo a investigar un poco acerca de la circulación de lo que se ha dicho sobre ella. Sociólogos, cinéfilos, religiosos, psicólogos, literatos, antropólogos, artistas, kubrikianos, revistas, libros, infinita lista de las curiosidades de una película llena de trucos, de detalles que hay que pescar, de guiños. Encuentro que para su estreno, el propio Kubrick intervino para seleccionar dónde sería expuesta y que él mismo censuró primero algunas escenas y luego la película misma, dado que había suscitado una serie de actos vandálicos así como amenazas a él mismo. Que aún sigue siendo censurada en países como Corea del Sur y Singapur, lo estuvo en Irlanda (hasta 1999, ahora censurado); se estrenó con escenas censuradas en Australia, Argentina (fue una de las primeras censuras de la dictadura militar) y otros países; originalmente estuvo clasificada como X en Inglaterra (hasta 1999), USA (hasta 1972) e Israel, luego eliminaron algunas escenas.
Distintas personas dicen de la elección de esta película para este momento: a alguien la obligaron a verla cuando iba a la escuela, otro recuerda a Bart Simpson disfrazado de Alex, al video de los Guns and Roses con Axel haciendo de Alex. Está la que cuenta que su hermano tiene la pieza empapelada con los posters de la peli, el que tiene la remera, el que dice “otra vez!?”…algo de esta multiplicación me hace pensar en la fascinación que nos cautiva, que la ha llevado a la categoría de “cine de culto” y lleva a verla más de una vez. A la vez que me hace pensar en los efectos de la censura, en las distintas lecturas que de esto puede hacerse.
Encuentro también el libro y la historia del libro. Casi como cajas dentro de cajas, es una película con muchas historias: antes y después. La del propio Anthony Burgess, núcleo realmente acontecido (la esposa del mismo sufrió un ataque por parte de soldados norteamericanos) narrado luego dentro de la secuencia de los actos ultraviolentos de la pandilla, encastrando borgeanamente el libro dentro del libro, en la escena de la embestida al escritor y su esposa (Que es algo que no se ve en la película, pero que sí en el libro, donde ese escritor atacado está escribiendo un libro llamado “La naranja mecánica”) Posteriormente filmado, censurado, vuelto a incluir. Diferentes inscripciones de la violenta obscenidad, que a pesar de la censura, o justamente por ella, no termina de solucionarse y vuelve para hacernos hablar.
Como si se tratara entonces de pantallas dentro de pantallas, en donde los espectadores pasan a ser actores y viceversa. Pero en donde, como algo que encuentro propio de esta película, como actor o espectador, hay una obligación de mirar.
2- El antes y el después. Los tratamientos
Vuelvo a la pregunta por “la actualidad” de esta película: podríamos pensar que capta algo que trasciende lo temporal. Y esto porque me pregunto si la película fue actual cuando se estrenó. El escándalo, el rechazo, la irritación, los admiradores, las identificaciones, hacen pensar que es un filme que atraviesa, de un modo ruidoso, o vistoso, los grandes temas: muerte y sexualidad. Acaso esta película toque un punto mítico, tal como lo ha hecho el cine desde su invención, que nos permite preguntarnos –al modo freudiano- desde la ficción, algo en relación a nuestras teorías y nuestras prácticas.
Es decir, creo que esta película hace una tramitación, relativa a los temas universales, y lo hace desde su argumento – es decir, desde la historia- pero también por sí misma como objeto. Otra vez entonces, los tratamientos dentro de un tratamiento.
Proceso que tiene como principales recursos la escenificación y en la estética,- tal como ha dicho Eugenia, y también en el despliegue de una temporalidad. Kubrick necesita dos horas y diecisiete minutos para contar una historia, con el pulso narrativo propio del director, pero que sería imposible decir en cuánto tiempo transcurre. ¿Es un día? ¿Una semana? ¿Meses? ¿Años? Es difícil situar además cuándo y dónde sucede, como momento histórico; hay algunas pistas: las escenas que el tratamiento Ludovico impone (imágenes de la segunda guerra, una película de Polanski) y retrata además una historia en su actualidad: no hay pasado en Alex y sus drugos, tampoco desenlace futuro. Las modas, los escenarios, los decorados, podemos suponerlos “futuristas” en el momento de su filmación, o en todo caso, fuera de su tiempo. Y que a la vez que podríamos observar como actuales, en nuestra moda retro.
Algo de esto vuelve en la historia: la relación entre violencia, adolescencia e institución es contrastante con las adolescencias de nuestra época y con los modos actuales, incluso cinematográficos, de retratar las crudezas en este momento. Sin embargo, algo trasciende. Lo mismo sucede con el tratamiento del lenguaje –tema que excede este comentario-.
El volver a ver esta película, casi diez años después que la vi por primera vez, me produjo cierto efecto de sorpresa. Porque el recuerdo era distinto. Porque tal vez en diez años, algo de la ultraviolencia no nos resulta tal, o acaso sean otras las ultraviolencias.
Nos convertimos así, un poco obligados, en espectadores de una película en la que hay dos partes. En la primera, nos da a ver todas esas artes de maniqueísmo arquetípico y absurdo: palizas, violaciones, maltratos, relatados en primera persona por un pueril Alex. Violencia que no parece dirigida a algún sector de la sociedad ni mucho menos ideologizada. Instantánea, circunstancial, caprichosa, constante.
El juego de contrastes atraviesa la película: entre la música y la acción, entre el cuidado de detalles estéticos y el desorden de movimientos, Alex pasa de ser victimario a víctima, pasa de ser quien goza sin límites ni restricciones, a ser objeto de las palizas, experimentos y sadismos más sutiles de los otros; las víctimas pueden obtener una venganza bajo la consigna – que adquiere aquí un matiz singular- del ojo por ojo…, los que eran espectadores se transforman en victimarios; bajo la ley de que “violencia genera violencia”. Y todo sucede casi sin mediaciones.
La segunda parte de la película quita la proliferación violenta de la pandilla y deja traslucir claramente lo que antes quedaba opacado por el protagonismo constante de las actuaciones de los drugos: la violencia de las instituciones.
Violencia caricaturesca encarnada en leyes formuladas desde enunciados ridiculizados, que aparecen caprichosas. Desde el comienzo hasta el final el protagonista desfila por lugares ofrecidos de un modo siniestro: la escuela a la que no va, la policía encarnada en agentes absurdos, la cárcel llena de gestos autoritarios y personajes custodiales, el hospital ritualizado y el discurso de la ciencia, que se ofrece como curación. Todos en escenarios con personajes que actúan lo que debe decirse en cada situación, donde además, nunca parece haber nada para escuchar, todo para ver. Y donde además, se está obligado a ver.
El ingreso de Alex a la cárcel produce un impedimento del pasaje a la acción, finalidad misma, censura que no alcanza a lo que podríamos –por lo menos- llamar su pensamiento. Luego, el tratamiento Ludovico, tratamiento de la agresividad desde el sometimiento del cuerpo -particularmente a través de la mirada- resulta coherente con el postulado, desde el inicio de la película, de que lo que había que corregir, es la conducta, lo visible. Y lo aborda además, desde lo que la película misma encuentra como solución: el tratamiento estético, la caricatura y la escenificación. Tratamiento-tortura desde la visión, sin límites, sin escansiones, sin parpadeos, de la violencia. ¿No es eso acaso lo que la película, reduplicándolo, hace con nosotros mismos?
Esta mecanicidad, que silencia la pregunta acerca de lo qué es lo que puede al protagonista, se rellena de respuestas morales, conductuales, observables. Mecanicidad que me hace retornar a pensar en el nombre de la película, también múltiple en las interpretaciones posibles: una de las cuales es la de hombre mecánico. “Ourang” es una palabra que además de naranja, se relacionó con la acepción del malasio (idioma que Burgués dominaba por haber vivido allí muchos años) que significa “persona”. Hombre mecánico por el tratamiento Ludovico o hombre máquina previamente.
Sin embargo, parece que a pesar de los intentos de sometimiento total, de la observación de la violencia total a la que nos somete, queda ese resto sin incluir (¿acaso el sueño que intenta contar a la psiquiatra, casi al final de la película?) , sin inscribir, que nos sigue provocando a detestarla, a escribir sobre ella, a hablar.