Mental, de Kazuhiro Soda (2008)
Una película nuclear sobre la psiquiatría y sus caminos por otras naciones. A pesar de las diferencias en las culturas, los trastornos asoman como un núcleo de importantes semejanzas a través de las fronteras.
Siguiendo el camino atómico del film, el Dr Masatomo Yamamoto dirige el centro Chorale, en Okayama, Japón. Se trata de un prestigioso profesional que está en los últimos años de su carrera. El documental se adentra en las entrevistas, en las que Yamamoto mezcla psicofarmacología con cosmovisión budista. A lo cual se agrega su cansancio de décadas de trabajo, que se traducen en los largos lapsos que el psiquiatra cierra los ojos en frente a sus pacientes, en posición contemplativa.
El director hace una apuesta importante al hacer el documental: si bien su posición podría pasar desapercibida, hay momentos en que aparece. Al hacer el montaje, deja las tomas en que un paciente le pregunta por qué hace esta película, cuáles son sus intenciones. Y en otra escena vemos a otro paciente burlándose del apellido del director: “Soda, tomemos soda”, en alusión a su nombre y dando a entender lo universal del concepto de “soda”.
Intentos de suicidio, infanticidio, delirios y alucinaciones. El infierno humano que se desenvuelve tras los dichos de los pacientes encuentra en el documental una vía posible de catarsis, haciendo de espejo entre las funciones de la cámara y la del psiquiatra. Es una tarea activa, la de relatar lo que sucede en la intimidad y construir algo que sea decible, tanto para un profesional médico como para un público en un cine.
Soy un escritor sado masoquista, de Ryuichi Hirocki (2000)
El escritor espía a su mujer siéndole infiel como represalia por sus observaciones sadomasoquistas, necesarias para inspirarse: escenas que se realizan con mujeres atadas dentro de la propia casa de la pareja. La culpabilidad y la estrictez endilgadas tan estrechamente a la cultura japonesa provoca situaciones hilarantes para el público y también para una audiencia japonesa en tanto funciona como crítica simpsoniana. Por ejemplo en repetidas ocasiones le pregunta detalles al amigo que lo volvió infiel para después pegarle y decirle: estás perdonado. Hirocki pidió antes de la función que la gente se riera, por favor. Pero los chistes son más breves que el orgasmo y las preguntas que se suceden dejan perplejos hasta a los mismos preguntadores, por ejemplo quien pregunta si sufrió censura en Japón obtiene como respuesta que en Japón no se puede mostrar en cine los genitales y que eso está contemplado por ser una película pink (erótica soft). El hombre se horroriza y se queja a los traductores porque dice que no es una película punk. Otro le pregunta si leyó a Joyce para redactar algo, pero nadie se ríe! Salvo el mismo Hirocki que responde que es una película de amor. Otra vez tienen la sensación de extrañeza, que hay un problema de traducción, pero un genio ha comprendido que si no lo comprendieron no fue un tema cultural. El chiste suele tener relación con lo prohibido en una cultura, no así la ironía. En lugares de diferentes formas de tabúes se observan perversiones que sólo difieren, sólo y quizás, en la frecuencia. Pero el sadomasoquismo encarna 2 posiciones transculturales que llevan a las mismas reflexiones.
Existe algo que podríamos llamar el efecto del chiste universal, que siempre tiene relación directa también con procesos inconscientes, con la falta de censura. Este es el efecto de ingenuidad de un niño que dice algo sin saber, pecando de haberse excedido con lo prohibido. El chiste culturalmente específico tiene que ver con manejos de la lengua, con homofonías, que también son procesos inconscientes hechos conscientes sin censura. Hirocki tiene previstas una serie de frases ingenuas en castellano. Balbuceadas con dificultad, quizás no digan más que “gracias por venir, espero les guste”. Y provoca risa: el efecto del chiste transcultural.
El loco de dulce animalidad para Foucault es el loco niño, ingenuo y que no se da cuenta -por supuesto. En el caso en que uno pueda decir esas cosas en un contexto favorable, quebrando la cultura, uno puede recurrir a estas armas del proceso primario y quedar en el centro de una convención social. Es lo que se llama ironía: esa locura reversible dada por la condición de conciencia sobre la animalidad que se está domesticando con el habla.
Shadow, de N. Kawase
Kawase entrega un corto sobre una paternidad anunciada el día en que está filmado. Tu padre no era tu padre, ahora que murió tengo que decirte que soy yo, le dice la voz en off con el primer plano de una mujer que está siendo filmada en realidad por este padre, quien no despega sus ojos del visor de su cámara. Esto nos daremos cuenta (y una repetición de una escena de beso entre ellos nos avisa mejor) que hay otra cámara en cuestión, que esta repetición torna todo una sombra sobre la propia realidad. En este punto cúlmine del beso el padre se pregunta si la gente que lo vea pensará que esto pasó en verdad. El efecto es despiadado, pero en todo caso muestra con suntuosidad el drama con la paternidad desde lo inconsciente (paternidad no asegurada, sentimientos incestuosos, sujeto de múltiples lecturas, según la matriz cultural desde la que se la vea, lo que la torna una obra maestra).