Shirin, de Abbas Kiarostami (2008)
Abbas Kiarostami se mete con la mitología iraní y los ecos en las plateas de hoy en día. Mientras en la nuca de la cámara resuena la obra de teatro sobre la “Dulce Shirin”, el director se obstina con los rostros de las mujeres presentes. Todas con el pelo cubierto, asisten en silencio y con algunas emociones a los cambios escénicos. Muchas se emocionan, más allá de su nacionalidad. Porque entre las asiáticas, también concurren occidentales. Para una audiencia local, sólo conoceremos a Juliette Binoche y a Katherine Deneuve. Sin embargo, por medio de los títulos finales que recopilan a todas las presentes, descubrimos que la platea está cubierta de personalidades iraníes. Esto es algo que adivinamos por la singular belleza de casi todas las retratadas. Pero también porque menciona un agradecimiento a las actrices iraníes presentes.
A pesar de aquella presencia de actrices, los rostros rezuman concentración antes que expresividad histriónica. La escena no aparecerá más que en sonido y en los reflejos muy lejanos de puntos blancos sobre las pupilas de las mujeres, que se abren y muestran la luminosidad de las retinas de esos ojos (sorprendentemente azules en gran parte). Esta interioridad es la que expresa la película con los pocos gestos y máximo rigor de contemplación. No hay una reacción continua ante los sucesos épicos, sino expresiones calmas, que disfrutan del espectáculo que transcurre en el interior. Un curioso reflejo de la platea en la que uno está, algo así como que la parte dos de Shirin acontece del lado del espectador en el cine, que asiste a un gigantesco espejo. Si bien se ven hombres en las filas aledañas a las retratadas, la cámara de Kiarostami nunca se centrará en ellos. Prefiere entonces las Shirin actuales, ya que la protagonista de la obra es esa mujer que viaja entre reinos en los cuales se desencuentra con su amado. De esta manera se genera una multiplicidad de reflejos: la historia en el presente, la obra en las retratadas, las retratadas con el público que participa con idéntica contemplación.
Me pregunto cómo será ver esta película en video, en la intimidad. Puede tener resultados diferentes a los de un festival, quizás una meditación sin cómplices. A pesar de no tener acción, Shirin es una película para ver definitivamente en el cine.
Crimson gold (de J. Panahi, 2003)
Retrato del dolor de no existir que tiene la persona excluida. El personaje principal es creativo y plástico para adaptarse e intentar salidas a su situación social. Termina en suicidio donde se sintió más humillado. El personaje rico quiere ser escuchado y le comenta: “estoy deprimido”.
La utopía transcultural de aniquilar a la muerte: mi vida no vale, la tuya tampoco; tu muerte no importa, por lo tanto la mía tampoco.
“Estar jugado” es la frase con la que se suele identificar esta situación en el hombre de la calle (y sus códigos en una ciudad como Buenos Aires). No importa estar adentro o afuera: cuando se llevan los códigos de la cárcel afuera lo más probable es que se continúe preso (o que se esté por volver, al facilitarse la marginalidad). Esta naturalización con la vida penitenciaria tan frecuentemente observada nos da cuenta que nada es irreversible: el aprendizaje aquí funciona exactamente al revés de lo propugnado, y se vuelve menester separar la psicopatía de la sociopatía. La guerra de clases está pintada en esta película como las sutiles batallas que en verdad la constituyen.
20 fingers (Mania Akbari, 2004)
La escena de sexo de mayor voltaje, con la pantalla a oscuras: esa escena y las demás en distintos autos, por los mismos actores pero diferentes personajes. Hay un relato mítico tras esto: la mujer dice que su abuela admitía que las mujeres pueden tener tantos hombres como dedos en el cuerpo. Uno más, y se convierte en prostituta. La escena en que la mujer se baja de la moto porque el marido no está de acuerdo con el aborto hace que la película sea clasificada como feminista. Pero quizás ni siquiera sea localista: simplemente sea un drama en moto.
Otro mito que también aparece en OSAMA (Afganistán) pero con una variante: la niña que alcanza el arco iris se vuelve varón. Esto es opresión social? Es complejo de castración? Son las dos cosas? Esa es una solución sencilla, pero la clave está en la variante. En Afganistán hay sufrimiento por la diferencia, mientras que en Irán es una gracia. Esta es la lectura del contexto; sin embargo el individuo-cultura que pudo haber segregado ese mito es una mujer sólo en el caso de Afganistán. En Irán, la diferencia es bilateral.
Los siguientes juegos: la botellita y el semáforo: transculturales! El primero es girando la botella para ver a quien se da el beso. El otro allí se llama en realidad el ladrón y el visir. Éste es el que decide quien se besa.